miércoles, 3 de mayo de 2017

La opción Costanei


La regia mesa de conferencias recibió tres hojas de un informe que Arcilonya lanzó sin brusquedad frente al presidente de “Poéticas generales”.

Cayeron suavemente en medio del aire frío, reflejándose por segundos en la madera, con una fidelidad casi perfecta.

Josenio Vedenta no estaba apoltronado en el sitio principal, con el retrato de su canoso padre hablándole de la magnificencia de aquel emporio, bajo la rúbrica de Villonatti, quien murió asfixiado en un Ferrari rojo, de su propiedad, de acuerdo a una argucia –si las más recientes evidencias inculpan definitivamente a Tredenci Milluna-, de un artista menor que envidiaba la magistralidad un tanto “naif” con la que Villonatti, muy lejos del hiperrealismo por cierto, lograba el volumen y la luz para los magnates de la oligarquía, hasta en los más diminutos detalles de una corbata Christian Dior.

Su amigo y empleado de confianza Juan Arcilonya, no quiso sentarse en ninguno de los 23 asientos equidistantes al aplique de lirios de la majestuosa mesa, imponente en un salón al menos treinta veces más grande que ella.

Prefirió además fijar sus grisáceos ojos en la tarea que ejercían dos piezas de mantenimiento, por el anverso y el reverso del extenso ventanal, del que intentaban obtener a diario con sus atriles y otros accesorios de limpieza, el más óptimo efecto de transparencia.

Una nítida panorámica de la metrópolis, reverberando entonces con pinceladas de oro y plata, bordeaba desde su discoidal disposición –a los ojos de Arcilonya-, el más vanguardista edificio que capital alguno pudiera haber pagado en los últimos años.

En él, dijo sin más: “Un voto en contra: Costanei”.

-¿Un nuevo engüeramiento, o es algo serio?

-Preocupante, más bien.

-Serio entonces; veamos.

Vedenta se acomodó en su mirada, igualmente grisácea, el único accesorio que desentonaba con la calculada ergonomía estética del asesor de imagen corporativa, y leyó sin vacilar el importante documento.

Arcilonya sonrío en medio de la inevitable tensión, al decir: “¿Te quedaste con los lentes de ‘Ivotrino’?”.

-Veo mucho mejor… de cerca… …Esto no va a terminar nunca –prosiguió luego de paladear varias veces el informe-; el coñoesumadre de Costanei… Nunca podré pagarle a la licenciada, eeh… ¿Cómo es que es?... Acevedo… que me lo recomendara… Guilardez se arrecha, marico, pero esta vaina hay que pagarlo; escucha: “La poética condenavidas propone una sola vía: ‘Suicídate’; el más reciente trabajo de Lupín Jardineri sólo puede considerarse un elogio a la altivez, que me reafirma lo inútil de ser buen escritor y carecer de valores capaces de evitar la autoflagelación, al estilo de los monjes medievales retratados por Humberto Eco en “El nombre de la rosa”.

-Te voy a decir una vaina, de pana; coño, Juvencio, fuera de toda su paja mística y sus referencias religiosas, estoy de acuerdo con Laura Lamarte: “Toda autoridad proviene de Dios”, y Jardineri es Jardineri.

-Jeje; Laurita… El Rey Saúl era un pastor de ovejas (ya que hablamos bíblicamente), y Dios lo puso en lo más alto, hasta que cayó en desgracia por no entender un coño de lo que estaba pasando, y cuál debía ser su rol… El día en que Laura Lamarte, o cualquiera de los que votaron a favor, escriban en un papel exactamente cada palabra que a mí me hubiera gustado decir, como lo hace este Costanei, el espíritu de Jardineri continuará sembrando el caos que quiera sembrar (su “anarquismo urgente”, como lo bautizó); pero mientras “Poéticas generales” tenga a este humilde servidor como custodio de la heredad intelectual, filosófica, que me encomendó ese –señaló el retrato-, que te adoptó a ti, a Dianita y a tus dos hijos para que fueran lo mismo que nosotros, los Vedenta Gudesprao de sangre… ese día yo mismo saco este gran carajo a patadas de mi edificio; porque la verdad es que tener que volver a revisar todo el bendito plan Jardineri, el Lemustri, el Parrichelli, el Gallardo, el Belisardi; da un dolor de bolas que ni te cuento; y todo aquello es rial perdido… y te digo otra vaina; no sé cómo puedes seguir apoyando a Laura Lamarte después de haber leído esto, y el otro fajo de documentos que anexó Costanei.

-Soy fiel al viejo, déjate de vainas: “No quiero que me caigas a embuste; quiero tu corazón”. Hizo al iniciar la frase, con los dedos índice y pulgar un círculo a una cuarta de su entrecejo y lo bajó formando un arco, hasta colocarlo y deshacerlo en una secuencia lineal, a quizás tres, del nudo de la corbata, justo en los estertores de la “s” de cierre.

Vedenta y todo su autocontrol lo miraron seriamente a los ojos. Luego bajó la cabeza y se mantuvo un rato sosteniendo el escrito en la mano extendida sobre la mesa; cavilando sin dudas alrededor de lo que pudieran ser sus próximas decisiones.

Se levantó y caminó hacia el ventanal, dejando a Arcilonya a la expectativa.

-Mira, cabeza e’loro –dijo con gesto grave al obrero que limpiaba por dentro- …¿qué tanto trapo le pasas a ese vidrio; tú no tienes oficio?

-Coño, marico ¿quién te entiende?

………….

Gerónimo Guilardez colgó el teléfono y trasladó a la antesala de su oficina un comentario que elaboró para Gilna Trinei:

-¿Sabes las bolas de Josenio? Mandó a parar todos los proyectos de “Poéticas generales”…

-Noooooo.

-Dizque por “recomendación de Costanei” –hizo las comillas con las manos, mientras empinaba la cabeza como mirando a Costanei en las alturas.

Gilna Trinei, asombrada, se echó a reír llevándose las manos a la boca.

-Bueno, irá a sacar real no sé de dónde; esta vaina está quebrada –dijo el Gerente administrativo.

Pareció querer agregar algo, manteniendo el estado de perplejidad, y finalmente, tras un lapso de unos diez segundos en los que concluyó que sobraban las palabras, regresó al cubículo.

Gilna Trinei, también en shock, lo siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró detrás de él, como relataría un rato más tarde –utilizando parte de algún viejo bolero-, a la recepcionista principal.

-“la puerta se cerró detrás de ti, y nunca más volviste a aparecer, dejaste abandonada la ilusión laralaralalá laláaaaa…”.

Andrea Solís tenía poco tiempo en la empresa; no emitía más palabras que las de sus ojos negros y brillantes, abriéndose mucho o poniéndose pequeñitos al sonreír. Vedenta se refería a ella como “minianuncio”, al considerar que nunca ninguna persona había reunido en sí misma con tanta rigurosidad los requisitos exigidos por aquel diagrama de cuarenta palabras; entre otras cosas “-Bachiller -Bilingüe -Buena presencia -Proactiva –Trato agradable –Excelente pronunciación"…

Le gustaba ser discreta mientras no conociera a fondo los intersticios del entorno en que se encontrara inmersa; por eso ordenó muy bien el escritorio poco antes de las cinco, y a ésta hora abandonó las oficinas sin darle relevancia alguna a las confidencias de Trinei; entró al ascensor y bajó cinco pisos junto a otras compañeras.

Un vigilante se acercó a otro que tampoco le quitaba la vista cuando ya fuera del edificio, tomó una larga acera por donde se perdería caminando, entre todo el movimiento citadino del atardecer. “Lo mejor de trabajar en ‘Poéticas’, Casilete”. “Yo he visto mujeres buenas, mi llave, pero aquí abusan”.

-Me aprendí una poesía hace mucho tiempo “Una calle se hizo ancha, muy ancha, para verla pasar”.

El aire recogió la voz y se dijo aún con el aroma de Andrea pasando aquella calle para que la viera: “Andrés Castillo Vásquez”. También iba en el azabache marino de aquel cabello largo; en las formas sugerentes, en la tez acanelada; en el ensueño juvenil de una sonrisa fácil, blanca en los dientes; en cada paso ágil, firme.

Buscaba la inmediatez del acontecer faltante hasta tender su cuerpo en el mar.

Para hundirse desnuda, entregada al reverso de la noción de ser; sin miedos, sin ataduras, sin proyectos ni planes, sin opciones, sin pugnas; en ella libertad, ella luz, ella palabra, verso, y sólo verdad; sin noción de futuro; ella; y nada más.


  


viernes, 10 de marzo de 2017

CREEPING


No fue a eso a la plaza; caminar hacia los bancos cercanos a Bolívar y recibir, apenas entrando, la sonrisa de aquella bonita chica: Yenisex.

A preguntarse si sería prostituta o alguna vendedora de café apartada unos instantes de su puesto, y que dejó a otra persona encargada del negocio para el posible “brake”, el referido relax.

Algunas personas de las tantas que transitan diariamente por el boulevard, recorren largos trechos y entonces se sientan unos minutos para finalmente alcanzar la parada donde tomarán el transporte que las lleve de vuelta a donde viven o a cualquier parte que quieran ir.

No fue a darse cuenta de lo poco común de aquel gesto dirigido a él, aun cuando estaba recién bañado y con ropa limpia; y había recorrido fresco la distancia de unas quince cuadras desde el lugar en el que decidió darle un paseo al aburrimiento.

Una inquieta brisa le había acompañado, haciéndole sentir que el pelo se le movía con suavidad; ya no con la aspereza de meses atrás, cuando no había tomado la decisión de cambiar de ambiente; alguna propiedad del mar cercano, de la proximidad de horizontes azules, surcados por pelícanos; con botes de pesca y oleajes recurrentes, típicos del juego con resacas, arena y reflejos fugaces, bajo la acción de los burbujeantes torbellinos que se extienden, se contorsionan y abalanzan como objeto de las miradas circundantes, o en la propia soledad del hábitat que les es propio, de sol a sol.

No fue a devolverle la sonrisa y a seguir al banco de al lado para sentarse a verle el perfil, y hacerse preguntas como por ejemplo quién sería el tipo con ella; el que fumaba el cigarrillo; de camisa clara; quizá blanca, con líneas azules casi imperceptibles. Tenía un pie montado en el asiento y el torso doblado hacia ella como para hablarle de cerquita, susurrándole cosas; tal vez sí, tal vez no; pudiera ser que sólo estuviese mirándola, o perdido en un pensamiento que nada tuviese que ver con ella.

Apenas comenzaba la noche y ya sólo iba quedando en los alrededores los grupos de personas que forman tertulias en cada puesto de café, tequeños y empanadas; los taxistas y mototaxistas; algunos indigentes y transformistas; y los policías merodeando a pie, en motos o autos patrulla.

Pero del gentío del día, comprando en las tiendas, o a los bachaqueros; haciendo gestiones de cualquier índole, o simplemente buscando sitios donde comer, ya se notaba la merma, y era mucho menor el cotidiano aturdimiento de los colectores vociferando las particulares rutas de cada buseta: Intercomunal, alterna, Tronconal, Puente Real, el crucero…

Estaba ahí por cualquier otra razón; pero no dejó de observar que al fondo, por encima de las bien torneadas piernas de Yenisex, cruzando la calle, estaba como a menudo, el joven guitarrista que intenta con su modelo acústico ritmos electrónicos, al mismo tiempo que exhibe frente a sí, sobre una pequeña mesa, cuatro o cinco jabones de baño para la venta, y que luego, pasadas las ocho o nueve, toma la bicicleta recostada a la pared de la casa fuerte, y se va; al igual que lo hacen las chicas ofreciendo jalea de mango y mazamorra de maya; los vendedores de jojoto, golfeados y bombas rellenas; próximos al tiempo en que se van despejando las aceras; quedándose sin fruteros o papeloneros; sin bolsas de aliño o tamarindo; sin chupetas ni suspiros; sin raspaeros ni bandejas de buñuelos; sin harinita de maíz cariaco ni naiboa; nada más se mantiene lo que nutre los hábitos de los transeúntes nocturnos: el cigarrito, el café; los cuentos de mujeres que viven en mundos donde aquel que observa y analiza no buscó sumergirse.

Porque ignoraba aquel ojo vivo aún, pero bordeado de salpicaduras rojas en la blanca esclerótica, abrillantado por la fábula del creeping; el delirio nostálgico del zeppeling que activaba ahí, en no sé cuál región de sus sonoras evocaciones, las ganas de no parar de reír; de abrir las piernas y montarlas en el apoyabrazos, donde quiera que estuviese sentada con su atuendo enterizo de short y pecho descotado, y se fuesen acercando en el ritual acostumbrado, las y los compinches de cualquier cosa que rescate un beta para bajarse con el costo de la piquiña que siempre invitó urgida a tiempo y a destiempo.

“Hacía lo que fuese, tú sabes, para consentir mi atadura; mimarla como a lo que más quiero en este mundo: la madre que me parió; la pure; el amor de mi vida”.

Detallaba la vida sumergida en su piel; que no era flaca ni gorda; que no parecía llevar sangre debajo de la maciza epidermis, sino jugo de guayaba, espesito; que tenía el pelo y los ojos negros, brillantes, y en estos, cierta oblicuidad de india adolescente; sus telas eran candelosas y breves; con una sensualidad a lo marabino, a la que sólo le faltaba cantar el cocotero.

“Me muero por reunirme con mis panas; brindarles whisky, comida y miniteca; sin entrar en campo con nadie; los coñazos me los doy con Analis, cuando cripiamos; nos cagamos de la risa, nos batuqueamos contra el piso, y alguna sale con la boca rota. Yackson no; ese lo que no para es de hablar; ‘Epa, Yackson, ¿qué hay?’ ‘Que más, esperando a ver que chica me la va a dar; de la rumba pa’ gimnasio; lo demás bórralo; puro corte y vacile’”.

“Petare es mucha geografía, pero cuando un cuento se prende, se riega como pólvora, y la loca Lolyber me quería era rayar; por eso entré en campo con ella, pero como tenía la forma de echarle paja a mi vieja, tuvimos que pirar… Todo por el cripping, que te escoñeta el bolsillo y los principios; porque eso de tener voluntad para darte con tus panas hasta para el juego al revés no tiene precio… Antes de venirme le di un beso tierno a Melisa… me dijo que yo y que la estaba utilizando, pero esa jeva es burda de bien”.

¿Para qué sirve hoy la plaza? Se pregunta si la circunstancia te lleva por el carril escogido por ella para que tu estadía resulte una permanencia incierta, observando a una chica que se levanta del banco, toma el bolso de ropa que aguardaba a su lado, y opta por marcharse sin que él pudiera satisfacer la necesidad de saber “¿dónde carajo queda el terminal de pasajeros de esta mierda?”

¿Tiene sentido quedarse viéndola mientras se aleja, y detallar algún aspecto de aquella contextura, atendiendo en tus adentros al interés de hacer reflexiones críticas asociadas a cualquier rasgo de los hombros y las nalgas?

¿Tendrá alguna importancia que la espesura negra de la distancia la reduzca a nada en una esquina lejana y que aún vibre en su mente –la de aquel que observa y analiza-, el nombre que minutos atrás habían revelado sus pintarrajeados labios, “Yenisex”?

Lo que hará es irse. Recogerá las veladuras penumbrosas que describió el tiempo en esas escasas horas, y caminará de vuelta entre las sencillas casas que suelen escoltar sus andares cuando se hace incierto cada paso.

Cuando acude al punto más alto en el rumbo que acopia en él todo cansancio, toda pesadumbre o agobio. Se encierra a pensar un rato para saber que goza de compañía; y por último tiende su cuerpo sobre la plataforma esponjosa que administra su lapso de inconciencia; si saber en definitiva, más allá de lo evidente, si hay algún trasfondo en esto de ver pasar los días, uno tras otro, a la expectativa de sucesos inesperados; hitos que incentiven la noción de que comprimidos en las aceras, los pasos y las sombras, su distraído ser tiene el chance de comprender la risa que le toca, el definitivo día de la simpatía sin desniveles, esperando trazos de moderada euforia, en el blanco papel de un memorial postrero, pacífico y fresco; con olvidos y el imprescindible “bórralo” para un camino sin grietas.


lunes, 9 de enero de 2017


PUERTA A OTROS MUNDOS
Pablo J. Fierro C.

Mis pinturas más recientes definen un plano contenido en un rectángulo-soporte al que atraviesa en vertical una grieta irregular, como especie de concreto resquebrajado de donde emergen en medio de la espesa oscuridad soterrada, elementos pétreos abundantes; abigarrados corpúsculos cuya capacidad refractaria colorida y lumínica ofrece duda acerca del carácter inerte de dicho conjunto.

Pero esa visión detenida en la rigidez de los materiales utilizados, es precisamente eso, una imagen sin pasados ni futuros que sólo cobra aliento en un ámbito ajeno a ella, gracias nada más al vínculo perceptivo que se logra en el instante en que un observador describe el trazo de mirada capaz de elaborar la respectiva lectura.

La periferia de la obra, el rectángulo-soporte, ha sido visto, desde al menos mi personal revisión, como una frontera hermética que encierra concéntricamente lo que supone mi razón la obra de arte.

En concreto, para efectos de lo que constituyen al ser “materia” los implementos manipulados con fines creativos, no hay más allá después del rectángulo-soporte; pero al establecerse la conexión que incluye, eventualmente, el factor exógeno encarnado en quien mira –ya no despojado de lo sensorial-emotivo, sino otorgando por el contrario al frio criterio matemático un complemento desestabilizador del mismo, por el que la razón alucina debido a la forma en que el artista ha dispuesto los elementos y colores, la obra, no dentro de sí misma, sino a partir del flujo que impacta el orden perceptivo, inicia una secuencia sustentada probablemente en lo ilusorio, que ilustra al campo gnóstico aludido, y le acompaña en una fantasía imaginativa, durante un proceso lúdico de asociaciones deductivas, en el que cada mirada, seguramente, recreará según sea el grado de concentración e incluso los paradigmas íntimos de apreciación visual, los desvíos extra realidad y/o ilusorios a los que se le permita acceder, por efecto de lo que mencionaremos como fenomenología casualística o azar.

Algo vibra fuera de la obra, por causa de ella misma, forjando escenarios que se superponen, se funden entre sí, se detienen, desaparecen, se reducen o agigantan sin que hablemos estrictamente de una propuesta cinética según la escolástica de Soto o Cruz Díez; hablamos de un cristal intervenido por micropartículas habitando un surco que no escapa a la exagerada óptica de un lente de aumento.

Los penetrables, las líneas entrecruzadas de Soto, estremecen al ojo, de acuerdo a integraciones geométricas efectistas; mi trabajo conmueve en lo sugerente-conceptual centrado en la evocación orgánica y sin intenciones efectistas de índole compositiva premeditada, fundada en lo geométrico per se, como pudiera caracterizarse el “color aditivo” en Cruz Diez.

Es como la fotografía de un ejército de avispas a punto de ser perturbadas por una mano que se acerca a tocarlas; representa una imagen fija, pero la tensión que denota semejante compendio documental, obliga al observador a dejarse arrastrar como quien cae a un precipicio, dada la continuidad deductiva del intelecto, hacia niveles imaginativos, en el que las avispas se precipitan hacia la mano, y se desata el ajetreo lógico de una realidad, ya no fotográfica, sino enmarcada en la onda de lo visual-vital.

Es donde entendemos que las cuatro fronteras del rectángulo, no ofrecen como pensábamos inicialmente el básico recorte que confina el trabajo a un paraje cercado, sin adyacencias inmanentes al trabajo mismo, por el que pudiera someterse la observación, a una esclavizada percepción, de penosa permanencia endógena.

Pero los circuitos aleatorios del ser, consciente o inconsciente, cincela cualquier muro que abrigue desde toda perspectiva opresora, la necesidad de aglutinar en la reducida dimensión de lo real, lo que como obra de arte, más allá del pigmento, el polímero, la fibra sintética u otros, la infinita condición libertaria de nuestra configuración ontológica para crear ramificaciones, extremidades, planicies, universos, desbordando al taxativo constructo, esta vez en un big bang ilimitado que sobreabunda por encima de la auténtica periferia o entorno material, sin trazo de mirada sensitivo, emocional, lógico, y matemático; sin puerta a otros mundos, a una cosmogonía hecha, ya no por el artista original, sino por el artista de la percepción; aquel que ve, que analiza, que alucina con la idea recibida como abrevadero eventual a persistir en la memoria hasta que la lenta e inexorable marcha de los años, la sumerja en un sector del pasado del que nada pueda ser capaz de rescatarla.





miércoles, 9 de noviembre de 2016

jueves, 3 de noviembre de 2016

Tanta caliente arena


Dios mostró a Moisés la tierra prometida (por la que el pueblo hebreo se atrevió a dejar la esclavitud a la que lo tenía sometido Faraón), y luego de andar cuarenta años en esa tarea, estuvo parado en la cúspide de una montaña, y de la voz del propio Dios, quien le mostraba entonces el lejano paraje que habían conquistado, luego de muchos prodigios, entendió que él no entraría a esa tierra.

Cuando pienso ahora en la frase “tierra que mana leche y miel”, me enfrento a la revelación de que esto no significaba algo así como “soplar y hacer botellas”.

Venezuela, por ejemplo, pudiéramos denominarla como una “tierra que mana petróleo de sus entrañas”, pero para que esa riqueza cierta con la que Dios nos bendijo pueda constituir un factor que realmente impulse, en bolivariano, “la mayor suma de felicidad posible”, hace falta sin ningún atisbo de dudas, organizar la ciudad, como observaron los antiguos griegos; necesitamos “Polis” –Política-, ungiéndonos con elevada probidad, a fin de que los manejos inmanentes a dicho valioso recurso pueda constituir para cualquier nativo de estos lares, lo que estimularía en las palabras de Moisés, atizando el entusiasmo de aquel rebaño, las ganas de arribar al escenario donde sería recompensada tanta caliente arena.

“34:1 Subió Moisés de los campos de Moab al monte Nebo, a la cumbre del Pisga, que está enfrente de Jericó; y le mostró Jehová toda la tierra de Galaad hasta Dan, 
34:2 todo Neftalí, y la tierra de Efraín y de Manasés, toda la tierra de Judá hasta el mar occidental; 
34:3 el Neguev, y la llanura, la vega de Jericó, ciudad de las palmeras, hasta Zoar. 
34:4 Y le dijo Jehová: Esta es la tierra de que juré a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: A tu descendencia la daré. Te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá”.

DiarioDecir


Entramos al mundo del diarismo digital con el primer ejemplar de DiarioDecir; le invitamos a leerlo día a día...

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domingo, 30 de octubre de 2016

Reyes aquí y ahora


Había una cuña de seguros, con Gilberto Correa, célebre animador de Venevisión, que decía esto: “Es mejor tener un seguro y no necesitarlo, que necesitarlo y no tenerlo”. Para lo que quiero transmitir al mundo, por vía de este texto, SEGURO es igual (=) a FE; así que haciendo equivalencia: Es mejor tener FE en Jesucristo y no necesitarla, que necesitarla y no tenerla.

Tengo la certeza, de que la fe en Jesucristo no es garantía de que a uno no le pase nada malo en este mundo, pero sí te traslada a un lugar santo, te hace parte del pueblo de Dios, e hijo de aquel, en la misma Gloria que su hijo unigénito, el Mesías de la cruz; y esto no es poca cosa; ser co-partícipe de la misma heredad de Jesucristo, aquí y ahora, determina nuestra paz en este mismo instante e igualmente para siempre.

Porque en este momento Jesucristo está en Gloria, siendo Rey de reyes y Señor de señores, en un trono eterno desde el cual juzga a vivos y muertos, con poder infinito.

Podemos preguntarnos de qué nos sirve abandonarnos a la fe en alguien que no garantiza nuestra integridad en este tránsito mundano del cual no podemos abstraernos, y la respuesta es esta: Ser pueblo de Dios, por causa de Jesucristo, de quien por fe heredamos Gloria, implica abordar un área de cobertura que nos da sentido de pertenencia respecto a quien nos preparó un paraíso al que debemos llegar configurados de manera específica. La fe nos ubica en dicha cobertura, pero nuestros conocimientos frente a ese espacio sagrado que está en nuestra forma de enfrentar el aquí y ahora –o lugar de reposo de Dios-, nos otorga diversos rangos, para que quien comienza en nosotros la obra de Salvación y Redención definitiva, como almas, o seres espirituales, y cada vez más alejados de las apetencias de la carne, pueda utilizarnos según la voluntad de su perfecto tiempo.

El mayor distintivo del pueblo de Dios –las personas de fe en Jesucristo-, no es la alegría estrictamente; pero sí es en general, un espíritu no atribulado, o mejor, en paz; es dicha manifestación consecuencia de la seguridad que tenemos en que Dios nos considera hijos de él; y que por concepto de esa relación, aun cuando podamos pagar “justos por pecadores” en cualquier eventualidad, y por tal, vivir aflicciones, nada que ocurra quedará jamás fuera de la Justicia divina, y a su debido tiempo, impactará esplendorosamente, para demostrar que su paternidad no es un débil asunto imaginado como placebo de consolación.


Pero si has entregado tu vida a Jesucristo para que interceda por ti, delante del Padre, y jamás te deslizas fuera de la fe que te hace igual al Mesías, obrando en mal, especialmente, tu lugar de reposo tiene un Poder inconmensurable en el que, ya apóstol ya discípulo, ya príncipe, ya profeta, u otro, lo que te queda es la seguridad de ir caminando al lado del Rey máximo, hacia la vida definitiva, abundante, sin aflicción alguna. 
 
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