lunes, 15 de junio de 2015

Las nuevas generaciones, a medida que van descifrando los hechos sociales, políticos, económicos y otros, ven que como sospechaban la vida ofrece complejidades operativas, de múltiples perfiles, sobre la cual surgen flujos particulares, en dinámicas estables, caóticas u otros, de notoria relevancia, estimulando la necesidad de adoptar una actitud analítica, de estudio, exploratoria, en un plano empírico, pero que coadyuve a cuando menos tener nociones generales, como puente a posturas no absolutamente pasivas, en un entorno que demanda desde las más sutiles a las más burdas formas, sentar posición respecto a los aspectos referidos.

Hay quien se sumerge en la madeja, ya incluso abordando con determinación lo académico, y frente a dilemas, problemas o algún otro escenario coyuntural, realiza movimientos protagónicos, que se tornan eventualmente ondas desestabilizadoras de un orden o caos específico, reestructurando los elementos en juego, y delineando giros, de hecho, que conducen la realidad intervenida hacia una dimensión distinta, entregando a los entes activos, con capacidad de criterio, una reorganización atmosférica, que puede corresponder tanto a lo que plasma el término en forma literal, como a cualquier faceta metafórica posible, inherente al mismo.

La juventud hará el futuro con la información que la programe, de acuerdo a experiencias ajenas que hoy más que nunca, desde el camino marchito de la historia, le puede saturar el cerebro –conectado a menudo al mundo tecnológico, satelital, y a los medios de comunicación tradicionales-, de las más dispares formas de concebir la vida –lo cultural sincrético-, en aporte de alguna manera deseable, por democrático, pero que impulsa a seleccionar responsablemente, con el escepticismo como método de vanguardia, lo constructivo, en medio de aquello que no sirve (lo obsoleto, lo absurdo, lo que pervive atado a un juego si se quiere infantil, beligerante, por intereses que adolecen, en general, de razonamientos objetivos; vinculados por el contrario, a una visión beisbolera del poder; donde lo que nos quita el sueño sobreviene por vía del revanchismo fanático, la eterna rivalidad de los más rápidos y furiosos del engramado, contra los bates quebrados con uniforme de otro color; Magallanes como pesadilla, y Leones como ensueño, o viceversa.

Las reservas internacionales –capital de cada venezolano-, se nutre del buen manejo financiero que ejerzan quienes logran electoralmente la representatividad, refrendada constitucionalmente, del grueso poblacional a quienes en los últimos años comenzamos a llamar con mayor énfasis, el soberano.

Pero las políticas integracionistas que desarrolló y desarrolla este proceso, tuvieron un peso definitivo, en pro de la situación económica que hoy nos obliga a sacudirnos el letargo, y ver –como decía Eudomar Santos en “Por estas calles”-, “¿Qué es lo que está pa sopa?” (Ibsen Martínez); porque si tenemos una dependencia tan abrumadora de las importaciones con las que podemos a duras penas colocar algo en los anaqueles del mercado (se calcula una cifra cercana al 95%), está demasiado fácil deducir, que invirtiendo recursos para la auto sustentabilidad en el Agro, la Industria, el Comercio, la Ganadería, Minería, y todos los campos de productividad que facilita la Nación, por territorio, áreas marítimas, recursos naturales renovables y no renovables, entre otras cosas, en vez de estar ahora mismo dependiendo de Argentina para degustar un buen bisteck, pudiéramos estar –según una política equilibrada de solidaridad internacional-, criando a buen nivel nuestras propias reses, cochinos, gallinas, y más, en una acción que seguramente nos hubiera liberado de aparecer, tal día como hoy, punteando con Grecia –-según informe que avala el economista de dilatada trayectoria Domingo Masa Zavala, en el diario El Nacional-, el liderazgo insólito –por lo que nos toca-, entre los pueblos con mayor “riesgo país” del globo; luce innecesario revisar el estado financiero de las reservas internacionales, cuando por todas partes se reconoce una descapitalización que hasta da ganas de ocultar a fin de no espantar la inversión foránea, desde nuestra doméstica exigüidad.

Por aquí se compran unos autobuses, por allá se inaugura una escuela, más allá se lee un anuncio que promueve la inauguración de un hospital; pero nada de eso es indicativo de que el país se desplaza venturosamente en una travesía onírica, acaso por parajes celestiales de Narnia, entre veladuras violáceas de bruma taciturna, con destellos coloridos de diminutas estrellas, al paso de unicornios –cual pegaso-, en una historia sin final, de sobrenaturales melodías.

Porque la miseria también pernocta entre nosotros, venezolanos, por donde pasa y no pasa la reina, con un kilo de leche en polvo, pasteurizada -tras la odisea por conseguirlo-, que puede acercarse al “palo”… pero, no importa: “Magallanes será campeón!”.
 
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