lunes, 9 de enero de 2017


PUERTA A OTROS MUNDOS
Pablo J. Fierro C.

Mis pinturas más recientes definen un plano contenido en un rectángulo-soporte al que atraviesa en vertical una grieta irregular, como especie de concreto resquebrajado de donde emergen en medio de la espesa oscuridad soterrada, elementos pétreos abundantes; abigarrados corpúsculos cuya capacidad refractaria colorida y lumínica ofrece duda acerca del carácter inerte de dicho conjunto.

Pero esa visión detenida en la rigidez de los materiales utilizados, es precisamente eso, una imagen sin pasados ni futuros que sólo cobra aliento en un ámbito ajeno a ella, gracias nada más al vínculo perceptivo que se logra en el instante en que un observador describe el trazo de mirada capaz de elaborar la respectiva lectura.

La periferia de la obra, el rectángulo-soporte, ha sido visto, desde al menos mi personal revisión, como una frontera hermética que encierra concéntricamente lo que supone mi razón la obra de arte.

En concreto, para efectos de lo que constituyen al ser “materia” los implementos manipulados con fines creativos, no hay más allá después del rectángulo-soporte; pero al establecerse la conexión que incluye, eventualmente, el factor exógeno encarnado en quien mira –ya no despojado de lo sensorial-emotivo, sino otorgando por el contrario al frio criterio matemático un complemento desestabilizador del mismo, por el que la razón alucina debido a la forma en que el artista ha dispuesto los elementos y colores, la obra, no dentro de sí misma, sino a partir del flujo que impacta el orden perceptivo, inicia una secuencia sustentada probablemente en lo ilusorio, que ilustra al campo gnóstico aludido, y le acompaña en una fantasía imaginativa, durante un proceso lúdico de asociaciones deductivas, en el que cada mirada, seguramente, recreará según sea el grado de concentración e incluso los paradigmas íntimos de apreciación visual, los desvíos extra realidad y/o ilusorios a los que se le permita acceder, por efecto de lo que mencionaremos como fenomenología casualística o azar.

Algo vibra fuera de la obra, por causa de ella misma, forjando escenarios que se superponen, se funden entre sí, se detienen, desaparecen, se reducen o agigantan sin que hablemos estrictamente de una propuesta cinética según la escolástica de Soto o Cruz Díez; hablamos de un cristal intervenido por micropartículas habitando un surco que no escapa a la exagerada óptica de un lente de aumento.

Los penetrables, las líneas entrecruzadas de Soto, estremecen al ojo, de acuerdo a integraciones geométricas efectistas; mi trabajo conmueve en lo sugerente-conceptual centrado en la evocación orgánica y sin intenciones efectistas de índole compositiva premeditada, fundada en lo geométrico per se, como pudiera caracterizarse el “color aditivo” en Cruz Diez.

Es como la fotografía de un ejército de avispas a punto de ser perturbadas por una mano que se acerca a tocarlas; representa una imagen fija, pero la tensión que denota semejante compendio documental, obliga al observador a dejarse arrastrar como quien cae a un precipicio, dada la continuidad deductiva del intelecto, hacia niveles imaginativos, en el que las avispas se precipitan hacia la mano, y se desata el ajetreo lógico de una realidad, ya no fotográfica, sino enmarcada en la onda de lo visual-vital.

Es donde entendemos que las cuatro fronteras del rectángulo, no ofrecen como pensábamos inicialmente el básico recorte que confina el trabajo a un paraje cercado, sin adyacencias inmanentes al trabajo mismo, por el que pudiera someterse la observación, a una esclavizada percepción, de penosa permanencia endógena.

Pero los circuitos aleatorios del ser, consciente o inconsciente, cincela cualquier muro que abrigue desde toda perspectiva opresora, la necesidad de aglutinar en la reducida dimensión de lo real, lo que como obra de arte, más allá del pigmento, el polímero, la fibra sintética u otros, la infinita condición libertaria de nuestra configuración ontológica para crear ramificaciones, extremidades, planicies, universos, desbordando al taxativo constructo, esta vez en un big bang ilimitado que sobreabunda por encima de la auténtica periferia o entorno material, sin trazo de mirada sensitivo, emocional, lógico, y matemático; sin puerta a otros mundos, a una cosmogonía hecha, ya no por el artista original, sino por el artista de la percepción; aquel que ve, que analiza, que alucina con la idea recibida como abrevadero eventual a persistir en la memoria hasta que la lenta e inexorable marcha de los años, la sumerja en un sector del pasado del que nada pueda ser capaz de rescatarla.





miércoles, 9 de noviembre de 2016

jueves, 3 de noviembre de 2016

Tanta caliente arena


Dios mostró a Moisés la tierra prometida (por la que el pueblo hebreo se atrevió a dejar la esclavitud a la que lo tenía sometido Faraón), y luego de andar cuarenta años en esa tarea, estuvo parado en la cúspide de una montaña, y de la voz del propio Dios, quien le mostraba entonces el lejano paraje que habían conquistado, luego de muchos prodigios, entendió que él no entraría a esa tierra.

Cuando pienso ahora en la frase “tierra que mana leche y miel”, me enfrento a la revelación de que esto no significaba algo así como “soplar y hacer botellas”.

Venezuela, por ejemplo, pudiéramos denominarla como una “tierra que mana petróleo de sus entrañas”, pero para que esa riqueza cierta con la que Dios nos bendijo pueda constituir un factor que realmente impulse, en bolivariano, “la mayor suma de felicidad posible”, hace falta sin ningún atisbo de dudas, organizar la ciudad, como observaron los antiguos griegos; necesitamos “Polis” –Política-, ungiéndonos con elevada probidad, a fin de que los manejos inmanentes a dicho valioso recurso pueda constituir para cualquier nativo de estos lares, lo que estimularía en las palabras de Moisés, atizando el entusiasmo de aquel rebaño, las ganas de arribar al escenario donde sería recompensada tanta caliente arena.

“34:1 Subió Moisés de los campos de Moab al monte Nebo, a la cumbre del Pisga, que está enfrente de Jericó; y le mostró Jehová toda la tierra de Galaad hasta Dan, 
34:2 todo Neftalí, y la tierra de Efraín y de Manasés, toda la tierra de Judá hasta el mar occidental; 
34:3 el Neguev, y la llanura, la vega de Jericó, ciudad de las palmeras, hasta Zoar. 
34:4 Y le dijo Jehová: Esta es la tierra de que juré a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: A tu descendencia la daré. Te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá”.

DiarioDecir


Entramos al mundo del diarismo digital con el primer ejemplar de DiarioDecir; le invitamos a leerlo día a día...

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domingo, 30 de octubre de 2016

Reyes aquí y ahora


Había una cuña de seguros, con Gilberto Correa, célebre animador de Venevisión, que decía esto: “Es mejor tener un seguro y no necesitarlo, que necesitarlo y no tenerlo”. Para lo que quiero transmitir al mundo, por vía de este texto, SEGURO es igual (=) a FE; así que haciendo equivalencia: Es mejor tener FE en Jesucristo y no necesitarla, que necesitarla y no tenerla.

Tengo la certeza, de que la fe en Jesucristo no es garantía de que a uno no le pase nada malo en este mundo, pero sí te traslada a un lugar santo, te hace parte del pueblo de Dios, e hijo de aquel, en la misma Gloria que su hijo unigénito, el Mesías de la cruz; y esto no es poca cosa; ser co-partícipe de la misma heredad de Jesucristo, aquí y ahora, determina nuestra paz en este mismo instante e igualmente para siempre.

Porque en este momento Jesucristo está en Gloria, siendo Rey de reyes y Señor de señores, en un trono eterno desde el cual juzga a vivos y muertos, con poder infinito.

Podemos preguntarnos de qué nos sirve abandonarnos a la fe en alguien que no garantiza nuestra integridad en este tránsito mundano del cual no podemos abstraernos, y la respuesta es esta: Ser pueblo de Dios, por causa de Jesucristo, de quien por fe heredamos Gloria, implica abordar un área de cobertura que nos da sentido de pertenencia respecto a quien nos preparó un paraíso al que debemos llegar configurados de manera específica. La fe nos ubica en dicha cobertura, pero nuestros conocimientos frente a ese espacio sagrado que está en nuestra forma de enfrentar el aquí y ahora –o lugar de reposo de Dios-, nos otorga diversos rangos, para que quien comienza en nosotros la obra de Salvación y Redención definitiva, como almas, o seres espirituales, y cada vez más alejados de las apetencias de la carne, pueda utilizarnos según la voluntad de su perfecto tiempo.

El mayor distintivo del pueblo de Dios –las personas de fe en Jesucristo-, no es la alegría estrictamente; pero sí es en general, un espíritu no atribulado, o mejor, en paz; es dicha manifestación consecuencia de la seguridad que tenemos en que Dios nos considera hijos de él; y que por concepto de esa relación, aun cuando podamos pagar “justos por pecadores” en cualquier eventualidad, y por tal, vivir aflicciones, nada que ocurra quedará jamás fuera de la Justicia divina, y a su debido tiempo, impactará esplendorosamente, para demostrar que su paternidad no es un débil asunto imaginado como placebo de consolación.


Pero si has entregado tu vida a Jesucristo para que interceda por ti, delante del Padre, y jamás te deslizas fuera de la fe que te hace igual al Mesías, obrando en mal, especialmente, tu lugar de reposo tiene un Poder inconmensurable en el que, ya apóstol ya discípulo, ya príncipe, ya profeta, u otro, lo que te queda es la seguridad de ir caminando al lado del Rey máximo, hacia la vida definitiva, abundante, sin aflicción alguna. 

miércoles, 26 de octubre de 2016

MELQUISEDEC

Ofrezco una noción acerca de lo que entiendo por “Sumo Sacerdote”.

Se requiere ante todo penetrar el entorno ideológico que propone un “pueblo de Dios”, y al mismo tiempo, diversidad de rebaños pastoreados al encuentro del reposo de Dios.

Aquí y ahora, Jesús de Nazaret reina por encima de “todo principado y potestad y potencia y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este mundo, sino también en el venidero”; al ser, después del tiempo de Melquisedec, Sumo sacerdote para todo tiempo humano posible. El pueblo de Dios reposa en el instante, en apostolado, y en calidad de discípulo, en Jesús, “Sumo Sacerdote, del mismo orden de Melquisedec”, para habitar la mansión dorada, la morada excelsa de la Gracia de Dios, que se pudiera traducir como: fe, paz y señorío, en Cristo, por él y en él.

 Melquisedec es, a diferencia de Aarón, Sumo Sacerdote de un orden de corte espiritual, y no carnal, afirmado en rituales con sacrificios donde la sangre de animales, rociada sobre los fieles, ejercía purificación de pecados. Alegoría que representó Jesús, escarnecido sin ficción, en el monte Sion de una cruz; juntando a sus pies toda condenación, a fin de arrebatarla “como ladrón en la noche”; purificando, salvando, redimiendo.

Melquisedec da marco, tutelado por Dios mismo, a la orden sacerdotal definitiva que hoy congrega al pueblo de Dios, aquí y ahora, para disfrute del reposo de quien permanece en la fe en Jesucristo, y para coadyuvar a la edificación de la estructura de conocimiento del devoto, por medio de la Palabra, otorgando sabiduría, y robusteciendo, al paso de tal empresa, la magnificencia del sacerdocio inmarcesible del habitante sin casa de cedro, sino bajo cortinas de sencillez, de humildad.

La tarea es reconocer en qué lugar estamos -al momento en que nos aborda el poderoso manto de protección que viene de lo alto, con Gloria y autoridad, para restituir al creyente lo que la avidez del devorador holló maléficamente-, para estar claros acerca de la actitud que nos corresponde administrar en ese lugar Santo: ¿Apóstoles, Discípulos? No son Adán y Eva, con una hoja de parra en sus respectivos núcleos genitales, el mejor ejemplo, de quienes pueden sentirse por comprensión de sus propios procesos, Sumos Sacerdotes, del mismo orden de Melquisedec, conduciendo al rebaño, ya libre de extravío, a la Libertad crística, destacada, con su particular idiosincrasia, a posiciones de Honra y Reposo, en la Sagrada arena de la fe; imprescindible carnet de permanencia, que además delinea caminos, exhorta, fortalece…

Nunca jamás habrá, fuera de Jesús resucitado, y quienes con él recogemos la mies, como Sumo Sacerdote, ningún Rector, ningún delta, ningún sustituto de autoridad alguna anclada en Cristo Jesús –sea Papa, Pastor, Cura, Monja, u otros-, a quien se le permita usurpar –o pretender hacerlo-, el liderazgo del humilde carpintero de Belén, como última Palabra, como tapa del frasco capaz de devolvernos, en el instante, el merecido Reposo, el descanso a la ardua jornada de ascensión discipular, a la que fuimos llamados, y dimos, oyendo, pero sin ver, nuestro rotundo sí.




lunes, 19 de septiembre de 2016

El discurso del método Stanislavski


Nunca habíamos tratado en un escrito el asunto de los métodos actorales, hasta hoy que amanezco pensando en Descartes; y quiero permitirme esta actitud diríamos “personalista”, para honrar el espíritu dominante en mi espontáneo fluir vital a una hora en que sólo el silencio absoluto, y el teclear que ejecuto intentando sigilo, parecen estar despiertos a las tres y treinta y seis de la mañana, de acuerdo a lo señalado por las breves letras blancas sobre una franja negra, hacia la esquina inferior derecha de una computadora prestada, visto desde la subjetiva plataforma en la que me sostengo, descalzo y sin camisa.

Dormí bien, pero no muchas horas, y la nueva vigilia, me interrumpió la recomposición de unos anteojos, o reloj oníricos, cuyos accesorios –tornillitos, acoples, y otros-, eran demasiado abundantes para un solo aparataje según sea el sugerido; pero asocié casi de inmediato, ya sentado al borde de la acolchada extensión donde dormí, aquel acopio de piezas, desperdigadas a no mucha distancia de mí, en el piso, con un libro que leí hace unos cuantos años, sin llegar a entender en un contexto amplio, la exactitud de su propuesta; y es precisamente “El discurso del método”, de René Descartes, célebre filósofo europeo, racionalista, del que en Wikipedia, Rincón del vago, u otros, se puede conseguir mayor documentación.

Porque para el pertinaz intelectual del “cogito ergo sum” o “pienso luego existo”, la necesidad de encontrarle una forma seria, objetiva, funcional al problema filosófico, debía comenzar por despojarse de prejuicios de cara a la complejidad observada, bajo la convicción de que sólo así habría un soporte estable para acercarse o llegar definitivamente a conclusiones respetables.

Pero el eslabón mental mío, que recorrió tanto pasado para llegar al Siglo XVII, y encontrarme con Cartesius, es un extracto puntilloso, certero, que me quedó de aquellos tiempos en que comenzó a interesarme aquel sustantivo que definía desde determinadas perspectivas la actividad de personas como Juan Nuño, Liscano, Sartre, u otros asiduos columnistas, o reseñados en las páginas del Diario El Nacional, a las que me acostumbré a revisar desde temprana edad (Filosofía), y que habla de los ejercicios preliminares que de acuerdo a la metáfora cartesiana, deben emplearse como método elemental a la hora de construir un edificio; con mayor relevancia, reunir los materiales pertinentes.

La filosofía suele mencionarse, conceptualizada, como “amor al conocimiento”; y lo racionalista en Descartes, y creo que en cualquier persona, tiene una afinidad directa con el hecho de vivir de certezas, para lo cual es necesario dudar de todo, hasta que las premisas circundantes aporten el marco correspondiente, al esclarecimiento que nos hallamos propuesto contemplar. Es una metodología escéptica, emparentada también con aquella “mayéutica” de Platón, que supongo constituirá al mismo tiempo cierto formulario de códigos imprescindibles en la actividad periodística, y los entornos detectivescos, como los que abundan en la televisión norteamericana, donde los jóvenes investigadores llegan a conclusiones acerca de asuntos gravísimos, con la misma celeridad con la que una imprenta estampa cinco mil veces un logotipo en un formato tamaño carta.

Hablamos de pasos coherentes para pisar firme en cualquier empresa que nos propongamos, como en el caso del actor responsable, quien requiere para obtener las metas de ocasión, sistemizar todo cuanto esté relacionado con los personajes o proyectos teatrales, cinematográficos, etcétera, frente a sí, de forma que alcance niveles lo más lejos posible de la mediocridad.

Acaso la semántica del comprimido “método”, realizó el traslado correspondiente, de la madeja onírica, empatucada con filosofía, espíritu confesional matutino, u otros, con el sonoro nombre del ruso (Konstantín) Stanislavski, que aquí me tiene, intentando llevar el discurso por los derroteros que me propuse al sentarme a escribir, y juntando sin premeditación, el cargamento de ladrillos, cemento, vigas, y todo lo requerido, para lo que creo es en definitiva el edificio crítico que quiero estructurar, en contra de cualquier manual de actuación que se intente localizar en las adyacencias de lo que considero, sin ser un exégeta profundo de aspectos actorales, lo único real, como método, que pueda serle útil por ejemplo a Marisa Román, Tania Sarabia o Morgan Freeman, al momento de adelantar la puesta en escena de cualquier caracterización histriónica que tengan por delante: el método Stanislavski, y aquello acartonado, lato, que se supone anterior y contra lo que la vanguardia stalinslavskiana habría insurgido.

Se desgranan al menos once métodos de actuación como alternativas a los principales referidos por mí en el párrafo anterior (Grotowski, Artaud, Chekhov, Strasber, Meisner, Adler…), y a decir verdad, no los he estudiado con afán erudito; contrario a lo que sugiere la línea cartesiana, estoy levantando este edificio sobre un fundamento, que me temo pueda ser convertido en escombros hasta por un leve coletazo de huracán, no obstante, creo que no deja de ser válido dejarme llevar por esta especie de instinto analítico, del que me fío por haber visto a lo largo de mi vida no pocas películas, algunas obras de teatro y muchas series y documentales televisados, aparte de quizás diez o quince libros que abordan los desvelos de Chaplin, los hermanos Lumiere, y María Conchita Alonso, entre otr@s).

Si se me dice que la vanguardia, con Artaud, se interna en el mundo chamánico, mágico, ritualista, espiritualista, de las culturas nativas de Bali, por ejemplo, en Indonesia, para “imitar” de acuerdo a una metodología para dirigir actores, dicha cultura, aun en un plano trascendente de inspiración, hasta sagrada, no puedo dejar de pensar en un resultado que no vaya únicamente de la mano del hacer documentalista; en torno a los aportes de carácter psicológico, por ejemplo, de “hijos” de Stanislavski, desde el punto de vista profesional, a la manera de Chekhov, u otros, me inclino obligatoriamente hacia la idea de lo que alguien llamó en un contexto distinto “variaciones sobre el mismo tema”; es decir, la configuración metodológica de Konstantine, se opuso exitosamente y con una implementación práctica determinante, al stablishment arcaico de Charlton Heston, Kirk Douglas, o Burt Lancaster, en sus pininos estelares con puestas en escenas al estilo de “Los diez mandamientos”, para no irme más atrás, a épocas en escala de grises donde mi memoria debe hacer un esfuerzo mayor.
Stanislavski dota a las historias del fabuloso mundo de la narración visual imaginada, a la ficción de las tablas, del cine, o la TV, e incluso a la informalidad actoral de calle, de un soporte metodológico que sirve especialmente al espectador, para realmente recibir un discurso visual que pueda traducir como el producto de una formalidad coherente, lógica, y que se amolde sin espacio para desconciertos, a lo que la sensatez espera, según los linderos en los que lo racional, gusta engancharse; así es sobre todo desde aquí donde yo lo miro.
Todo, claro, me suena, reconozco, a mirada inquisitorial, a encajonamiento, atadura, pero afortunadamente no se trata sino de una observación particular, literaria, intangible, que aparta descarnadamente una serie de planteamientos y enfoques ideográficos referidos a algo, de otros que ofrecen a mi parecer una consistencia mayor.
La acción, y todo lo que le es propio, el entorno a cualquier nivel como piezas para el logro de realismo, de credibilidad, o no, sirviendo al ordenamiento de quien dirige, desvinculado de la dimensión documentalista, u otro, es Stanislavski; y está también su contraparte: el primer Superman, tan rígido como la tipografía que lo anuncia en el emblemático cartel.




 
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